
La bitácora de Sergi Bellver ha fallado hoy el IX Premio de Relato Mínimo Diomedea -aquí, el link para poder leer los relatos ganador y finalista-.
Es la primera vez que escribo una entrada sobre un premio, pero me parece de necesidad por dos razones.
1.- Porque yo envié un relato que no ha sido premiado. Vale que entre 86 era difícil, pero coño, a mí me gustó cómo me quedó. En un principio, tras la desolación por el poco aprecio que han recibido mis letras, pensé en publicarlo aquí para que todo el mundo viera lo injusto de la decisión. Sería mi venganza, el momento en que la evidencia de la calidad dejaría patente semejante desfachatez.
Pero luego he hecho algo que ningún autor de prestigio como yo debe hacer. Este hecho, el de que soy un autor de prestigio, queda fuera de toda duda pues cuento en mi haber con 0 relatos publicados, 0 premios literarios en los cinco certámenes en que me he atrevido a robar tiempo al jurado y unas críticas tan despiadadas como cargadas de envidia de los pocos que me han leído algo. Es mi sino, ser como Ignatius Reilly, que todos los necios se conjuran contra mí.
Decía, perdón, que se me va la olla, que he hecho lo que ningún autor de prestigio debe hacer nunca, bajo ningún concepto: leer a los ganadores.
Y he entendido algunas cosas.
El relato ganador -"De relojes y hombres", de Pedro Peinado Galisteo-, que no se merece el premio porque me lo merecía yo, cuenta en sus menos de 200 palabras una alegoría que yo sería incapaz de resumir en 200 folios a espacio simple. Tiene ritmo, sorpresa y es divertido. Será cabrón.
El relato finalista -"El niño y la guerra", de Jesús Esnaola Moraza- tiene un giro dramático al final que cambia completamente el sentido de lectura que llevábamos. Y todo en sólo 170 palabras. Las he contado porque, en un momento, dice: elchicoquesabíadóndecaeríanlasbombas. Y he pensado: ¡trampa! ¡junta las palabras para no llegar a las 200 reglamentarias! Iba a desmontar con mi ira todos los entresijos del concurso, pero no he podido. Otro argumento que se me cae, porque el autor podría haberlo escrito separado y habrían salido sólo 177. Mierda.
Hay que decir que, por si fuera poco no darme un premio a mí, esta vez ha habido un único finalista. O sea, que han dejado la otra posición de relato de mérito desierto. Yo me lo he tomado como lo que es: una afrenta, igual que todo lo que no sea darme premios a mí. Así que he decidido no enviar ningún relato más al concurso.
Por favor, esos del jurado, dejen de aplaudir y dar saltos que lo mismo cambio de opinión.
Veo que siguen aplaudiendo... pues hala, otro que les mando para la próxima. Ustedes se lo han buscado.
2.- Esta razón es mucho menos importante que el hecho de que no me hayan dado el premio, dónde va a parar, pero he de decirla.
Sergi Bellver, el organizador, amenaza con que la próxima edición, o sea, la décima, será la última. Sus razones para abandonar son tan poderosas y comprensibles que no puedo intentar convencerle de que persista, pero desde aquí le pido que agote las posibilidades de seguir convocándolo. Ya sé que hay muchos concursos literarios, ya sé que el mundo está saturado de cuentos buenos, regulares y malos, que se publican infinitos libros al año, muchos más de los que nadie se podría leer en toda la vida. Pero he leído los premiados en otras convocatorias y, por lo poco que sé de Sergi, estoy seguro de que el Diomedea es uno de los concursos independientes, de esos que no se casan con nadie. Y lo más importante: creo que nace de la buena voluntad y de las ganas de aprender y leer. Por eso me gustaría que siguiera con el esfuerzo de convocarlo.
Bueno, vale, el párrafo anterior era peloteo. Realmente, exijo que lo siga convocando por lo menos hasta que gane yo.
Queda dicho.